domingo, 2 de septiembre de 2012

¿Por qué escribir ciencia ficción?

Enviado por Prosofagia | domingo, 2 de septiembre de 2012 | Categoría: |

Postdamer Platz - Berlín, Alemania.
Foto de José Luis Jaime Cortés
¿Por qué escribir ciencia ficción?



Ponencia presentada en el encuentro
«Ciencia ficción: pasado, presente y más allá», Universitat Rovira Virgili (Tarragona, España), marzo, 2012.


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Publicada en el artículo «Por qué escribir ciencia ficción», Prosofagia N. 15, abril 2012


Por Elisabet




CUANDO Pere Gallardo me invitó a dar esta charla, me dijo: explica por qué escribes ciencia ficción, cuáles son tus motivaciones, por qué cultivas este género y qué te llevó a escribir tu novela Ciudad sin estrellas.
¿Por qué escribo ciencia ficción?
Soy una escritora de fantasía, y considero la  ciencia ficción como un género dentro de la amplia familia de lo fantástico. Y escribo fantasía por tres motivos, principalmente.
En primer lugar, por la libertad. La fantasía me permite contar las historias que quiero y de la forma que quiero.
En segundo lugar, porque la mayoría de mis novelas son relatos iniciáticos. Cuentan la historia de personajes que crecen, afrontan grandes desafíos en su vida y alcanzan la madurez a ­través de experiencias duras.
Y, finalmente, porque la fantasía, y más concretamente, la ciencia ficción, son géneros fabulosos para expresar algunas ideas con un trasfondo filosófico y para abordar algunos temas conflictivos de nuestro mundo.




Concretamente, ¿por qué escribí esta pequeña distopía?

La ciencia ficción y las distopías son fruto de una época de cambios veloces. En tiempos de crisis parece natural desarrollar estos géneros para dar cauce a las inquietudes, miedos y esperanzas de la sociedad.
Cuando oímos hablar de ciencia ficción, casi de inmediato pensamos en el futuro. Los autores de ciencia ficción, se nos dice, toman tendencias y situaciones del presente y las desarrollan en un futuro imaginario, donde alcanzan un extremo.
Pero, de hecho, los novelistas de ciencia ficción hablan del presente. Ursula K. Le Guin, en su introducción a La mano izquierda de la oscuridad, lo expresa bellamente:

[…] aunque la extrapolación es un elemento de la ciencia ficción, la cuestión de fondo no es esta en absoluto. Es demasiado racionalista y simplista para satisfacer la mente imaginativa, tanto la del escritor como la del lector. […] Este libro no es una extrapolación.  […] Puedes leerlo […] como un experimento mental […] La finalidad de un experimento mental no es predecir el futuro, […] sino describir la realidad, el mundo actual.

Así, el fin de un autor de ciencia ficción no es convertirse en un adivino o en un agorero, sino suscitar una reflexión sobre el presente utilizando ciertos recursos literarios, como el de inventar un mundo imaginario en el futuro. Esto forma parte del tan comentado rol profético que se atribuye a algunos novelistas de ciencia ficción: explicar la «verdad sobre el mundo», como dice Le Guin, para alertar al público. Orson Scott Card, en su prólogo a la versión definitiva de El juego de Ender, dice:

Pienso que la mayoría de nosotros lee todas estas historias que no son verdad porque estamos hambrientos de esa otra verdad: la verdad mítica sobre la naturaleza humana en general, la verdad particular sobre aquellas comunidades que definen nuestra identidad, y la verdad más específica de todas: nuestra propia historia personal. La ficción, al no tratar sobre alguien que ha vivido en el mundo real, siempre alberga la posibilidad de tratar sobre nosotros mismos.

En mi caso, es obvio que estoy hablando de un presente que podemos identificar fácilmente. Ziénaga es similar a nuestras grandes ciudades y a nuestra sociedad urbana. Por supuesto, en mi novela hay elementos exagerados, como el aislamiento y la autarquía de estas enormes metrópolis, las zonas B, y la estrechez mental de la población, educada en un rígido sistema de disciplinas tecnológicas y convenciones morales.
He tomado algunos aspectos de la sociedad occidental que especialmente me preocupan. Son estos: el materialismo, el individualismo extremo, la ausencia de vínculos duraderos entre las personas, la ruptura con el pasado ―con la historia, con las raíces―, la alienación respecto a la naturaleza, el adoctrinamiento a través de los medios de comunicación y la educación pública y la falta de libertad, inconsciente, bajo un sistema de poder que podríamos llamar «tiranía de seda», casi invisible, pero presente en todas partes. Podríamos resumir todo esto en una palabra: deshumanización.


Varios temas en Ciudad sin estrellas

Recuerdo que, en su primera clase del curso de Utopía, en la Universidad de ­Lérida, Pere Gallardo nos explicó que los escritores de utopías trataban tres conflictos ­principales:

     el hombre frente a la naturaleza,
     una especulación sobre las consecuencias y los límites del progreso,
     el hombre frente al hombre.

Mi novela contiene los tres ingredientes, en proporciones diversas.

El hombre frente a la naturaleza. La naturaleza es excluida de las superpobladas zonas B, o bien está controlada artificialmente. No hay árboles, no hay agua natural, no hay animales ―las mascotas vivas son una rareza carísima. Las plantaciones están controladas y muy lejos de una imagen rural e idílica. En la novela subyace una añoranza de la naturaleza y un deseo de recuperar los instintos naturales y el vínculo entre el hombre y la tierra.
El progreso. Mi visión del futuro en esta novela va solo un poco más allá de nuestro mundo presente. Las zonas B son muy parecidas a las grandes metrópolis del planeta. La tecnología domina la sociedad. Internet y la vida virtual son esenciales. Pero también se da una involución: el conocimiento es muy limitado, no hay rastro de exploración espacial ni de la posibilidad de colonizar otros mundos. La vida está restringida a unas áreas muy concretas del planeta. El mundo es pequeño y cerrado, tanto como el pensamiento. La libertad es una ficción. En este sentido, hay un claro retroceso de la civilización humana.
El hombre frente al hombre. Hay una rebelión contra una sociedad hedonista que fracasa a la hora de saciar las aspiraciones más profundas de algunos individuos: personas que anhelan conocer más sobre su pasado, sobre el mundo exterior, sobre sí mismos. No son felices en su paraíso artificial y su eterno presente. El ideal del Carpe diem no es suficiente.
El rol político de los ciudadanos ha desaparecido. Son simples consumidores y, en cierto modo, vasallos mimados. Viven bajo una dictadura suave, que les permite un grado de confortable libertad mientras no amenace el orden público. Cada cual puede elegir qué hacer, qué comprar, cómo divertirse en su tiempo libre, pero nadie puede sobrepasar ciertos límites. Saber demasiado y sentir demasiado es peligroso.
En Ciudad sin estrellas, quizás la nota distintiva sea el sentido religioso. Hay una lucha solapada entre el individuo y el sistema, entre la libertad y el poder, pero también hay una búsqueda espiritual, una busca de respuestas que ni la ciencia ni las doctrinas sociales pueden aportar. La cuestión religiosa es tan importante como la política. Aquí, entiendo por religión no tanto un sistema de creencias y de rituales, sino que la tomo en su sentido genuino y etimológico como un medio de re-ligare, de establecer vínculos: con la divinidad, con la naturaleza, con los demás, con uno mismo. En el mundo que describo el sentido de lo sagrado se ha perdido y, si asoma un poco, es reprimido. La religión en las zonas B se convierte en un elemento subversivo porque echa por tierra el individualismo y puede desafiar el orden social y los dogmas de esta cultura.
Pero hay un hambre de lo sagrado, un hambre de infinito, como lo expreso en la novela. Perseo es el hombre desarraigado que busca estos vínculos perdidos. Su aventura es la historia de un anhelo, de una sed, la historia de un caminante solitario en una noche sin estrellas.


¿Hay algo nuevo bajo el sol?

Jean Baudrillard afirma que, después de Phillip K. Dick y James Ballard, la ciencia ficción ha alcanzado su cima y no tiene nada nuevo que ofrecer. Tras explorar las consecuencias del progreso, la tecnología, la globalización, la explotación del hombre por el hombre, la manipulación de la realidad… ¿Qué más puede ofrecer la ciencia ficción a los lectores del siglo xxi?
Y, más concretamente, ¿puede mi novela aportar a los lectores algo que no haya sido tratado por los autores clásicos?
¿Podemos los novelistas de ciencia ficción ofrecer algo nuevo?
La respuesta no es fácil. Los temas que trato, concretamente, son universales y están presentes en muchas obras literarias. En este sentido, mi novela no es muy ­original.
Pero creo que cada autor tiene su propia voz, su propia visión, su sensibilidad y sus circunstancias vitales propias. Y estas, aunque puedan parecer muy comunes, en cierto modo son únicas.
Los escritores podemos aspirar a inquietar a nuestros lectores y hacerles pensar sobre el mundo.
Kakfa emplea un poderoso símil: según él, un buen libro es aquel que penetra en nuestras mentes dormidas, un puñetazo en el cráneo, un hacha rompiendo el hielo.
Creo que esta es la aspiración de muchos escritores. Al menos, aunque muy modestamente, es la mía: llegar a escribir un libro-hacha que remueva, emocione, provoque y cautive al lector, dejando una huella en su memoria.

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referencias bibliográficas

K. Le guin, Ursula: The left hand of darkness, Introduction. Ace Books, N. York, 2000.

Scott Card, Orson: Ender’s Game, Introduction. Tor Books, N. York, 1994.

Francescutti, Pablo: «Baudrillard, una sociología de ciencia ficción», Espéculo. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid. Núm. 47.



Actualmente tiene: 1 comentarios:

  1. "un buen libro es aquel que penetra en nuestras mentes dormidas, un puñetazo en el cráneo, un hacha rompiendo el hielo"

    Buf, eso suena a Stephen King, más que a Kafka... ;)

    Un buen libro también podría ser una caricia, una inspiración, un delicado impulso al alma del que ni nos damos cuenta. ¿Es, el Principito, ciencia ficción? ¿es un hachazo?

    Aunque lo cierto es que tengo ligera preferencia por los hachazos: Agota Kristof, Amélie Nothomb, Ángeles Mastretta, Carson McCullers, por dar nombre y apellidos.

    ¡Muy interesante ponencia!


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