viernes, 15 de marzo de 2013

Diario del viaje a Vietnam (1. Hanoi)

Enviado por Prosofagia | viernes, 15 de marzo de 2013 | Categoría: |

Diario del viaje a Vietnam





Publicado en 
Crónica,
Prosofagia 16, septiembre 2012

Por Alex






Hola, amigos:

Como todos sabéis, la María y yo, que nunca habíamos salido de nuestro país (y dentro de nuestro país, de nuestra provincia, y dentro de nuestra provincia, de nuestro pueblo) decidimos hará cosa de dos meses ponerle remedio a aquello y visitar Vietnam. ¿Y por qué Vietnam? ¿Que qué se nos había perdido ahí? Lo ignoro. Supongo que ese nombre, Vietnam, nos sonó tentador y que el precio que nos ofertaban por los vuelos (¡vuelos!) estaba tan en promoción que no pudimos decir que no. Eso y que si uno va a hacer una tontería una vez en la vida, más vale hacerla bien, ¿no es así? En fin, la cuestión es que nos lanzamos a la aventura y estuvimos cosa de un mes y pico vagando por esos mundos de Dios. Ahora, ya de regreso, la Esther, del periódico local, me pide que escriba una pequeña crónica de nuestra experiencia para publicar, y como da la casualidad de que reflejé nuestras vivencias por aquellos lares en un diario, le he planteado cederle el material y que lo divulgue por entregas. La idea le ha parecido magnífica y lo que sigue es la primera de dichas entregas. Disfrútenla, compañeros. 


Manué





Diario del viaje a Vietnam


1. Hanoi
Ayer aterrizamos en Vietnam, concretamente en Hanoi (o como la llaman aquí, Hà Nội), y ya he podido observar que la gente de este sitio es muy peculiar. Por ejemplo: sufren de monomanía por los vehículos de dos ruedas. Todos tienen lo menos uno (es decir que los hay a millares) y ronronean, rugen e incluso muerden cuando circulan. 
Eso por no decir que sueltan un humo corrosivo y no se rigen por ninguna señal viaria (ni siquiera las que marcan el sentido de circulación). Así que uno puede intentar cruzar una calle y ser literalmente atropellado al mismo tiempo por dos, tres o incluso cuatro lados. La María y yo ayer estuvimos a punto de serlo. Atropellados, digo. Por eso, para salvaguardar nuestra integridad física y asegurar el buen fin de este viaje acabamos por decidir tomar taxis para cambiar de acera (proceder ciertamente excéntrico y dispendioso, no lo negaré, pero efectivo). Levantábamos la mano, deteníamos un vehículo, señalábamos la calzada de enfrente, ante la sorpresa del conductor volvíamos a señalar la calzada de enfrente (este paso habíamos de repetirlo tres o cuatro veces hasta hacernos entender) y, finalmente, subíamos al taxi para que nos depositase unos metros más allá, del otro lado. Ahora bien: esa forma de actuar tampoco está exenta de riesgos. ¿Y por qué? Pues muy sencillo: porque los habitantes de Hanoi, además de conducir como el diablo, son todos taxistas. Es decir que, desde el momento en que alguien tiene vehículo propio (y el concepto de vehículo abarca desde un camión de mercancías hasta un monopatín) inmediatamente se convierte en chófer, lo que hace que el gremio sea muy amplio y muy diverso y que algunos de sus miembros, con la excusa de practicar el oficio de la conducción por encargo, se dediquen a ofrecer transportar a foráneos para luego desfalcarlos.Vamos, que si uno se mete en un taxi equivocado no es del todo descartable que, en vez de a la acera de enfrente, acabe, además de con los bolsillos vacíos, yendo a parar al otro barrio. Y eso es mucho decir para alguien que solo quiere atravesar la calle, la verdad. Por eso yo, antes de subir a un vehículo ajeno, me veía obligado a investigar a su conductor:

—¿Es usted de los buenos? —le decía.

Si la respuesta era negativa o dudaba, lo desechaba. Y si la respuesta era positiva, aún preguntaba:

—¿Pero de los buenos buenos?

Solo entonces, si reiteraba su condición apta para ejercer el transporte, nos subíamos. Sin embargo la cosa no acaba ahí. No. Al poco de llegar ya me di cuenta de que, cuando uno quiere consumir un bien y/o servicio que presta un local, es necesario emprender una ardua (y diría yo, agresiva) negociación. Cuando te subes al taxi (por seguir con el mismo ejemplo) el conductor te suele mirar ferozmente y gritar el precio que propone:

—¡Un millón!
A lo que tú, si no quieres ser devorado por su ímpetu, has de contestar:
—¡Ja! ¡Ni hablar!
Él te mira con saña y tú has de mirarlo a él igual. Te insta casi amenazante:
—¡Y entonces cuánto! ¡Cuánto, a ver!
Y tú, sin dejarte intimidar:
—¡Veinte mil!
—¿Veinte mil?

Es probable que se sulfure y empiece a gesticular, incluso que eche espuma por la boca. Que grite:

—¡Nooooooooooooo! ¡Noooooooooooooo! ¡¡¡Me estás robandooooooooooooooo!!!
Y con gestos en todo punto inmoderados te urge a salir del coche.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi cocheeee!
Pero entonces tú haces amago de salir y:
—Espera.

Se ha tranquilizado. Sus ojos inyectados en sangre ahora vuelven a un reposo aparente, un reposo que sin embargo, fijaos qué locura, solo dura el tiempo de que vuelvas a cerrar la puerta del vehículo ya que entonces, imbuido de nuevo por su carácter perverso, el tipo probablemente grite:

—¡Cuarenta mil! ¡Cuarenta mil! ¡Es mi última oferta! ¿La aceptas? ¿La aceptas? ¿La aceptas? ¡Vamooooos dime algoooooooo Sir! (ni idea de lo que quiere decir «Sir»).
De nuevo, has de mantener la calma:
—Veinticinco mil.
—Nooooooooooooooooooooooo.
Aquí se pondrá a increparte:
—¡Maldit bastar…! ¡Me cago en la mar salad…! ¡Pero no entran estos cabr… en mi coche y…!

Pero la cosa ya está casi acabada. Si sucede eso no hay más que hacer amago de abrir de nuevo la puerta para bajarte del coche y todo el griterío desaparece y es inmediatamente reemplazado por una «conciliadora» sonrisa (que sin embargo enseña los dientes) y las siguientes palabras:

—Vale. Cierre la puerta, Sir. ¿Me entiende? Vale. ¡Vale!

Y en fin, qué puedo decir, así funciona esto. Vamos, que no es raro que para cruzar una calle sin ser atropellado uno deba tomar un taxi, y para tomar un taxi sin ser desfalcado (en el mejor de los casos) deba hacer una rigurosa entrevista a su conductor y, finalmente, para que el taxista preste el servicio sin imponer un precio abusivo, deba jugar a ser un tipo de voluntad férrea dispuesto a entablar tratos con un energúmeno. Bárbaro. Pues eso es Vietnam. O por lo menos Hanoi.

Dicho esto, tampoco dispongo de muchos más datos de esta urbe (he estado demasiado ocupado intentando sobrevivir como para investigar). Todo lo que sé es que en algún momento fue la capital de lo que se llamaba «Vietnam del Norte» y que en algún otro momento estuvo regida por los chinos, los franceses e incluso por Japón. Quizás de ahí venga ese carácter tan peculiar que los lleva a conducir sin orden ninguno, asaltar al de fuera y gritar para negociar. A que este país ha estado siempre dividido entre sus problemas internos y las ambiciones externas de soberanía que sobre él se cernían y ha interiorizado la agresividad de tal modo que ahora impregna todos sus quehaceres. En fin, no lo sé. Lo que sí sé es que a Vietnam hay que venir con las ideas muy claras y sabiendo lo que se quiere porque si no corre uno el riesgo de que le den gato por liebre. Por ejemplo: a nosotros al poco de llegar una mujer nos ofreció su hotel. Yo le dije:

—¿Tiene camas grandes y cómodas?
—Sí.
Lo tomé.
Pues bien: las camas resultaron pequeñas y duras.
Pensé no obstante que era un error y no dije nada. Pero tras eso la mujer nos ofreció de cenar.
—¿Hacen carne a la Paca? —le pregunté.
Y ella dijo:
—Oh, sí. Claro. Claro.
¿Sabéis lo que nos sirvieron? Verduras cocidas y arroz blanco.
—Oiga, pero ¿y mi carne a la Paca? —le dije yo.
—No calne a la Pala —dijo ella sonriente—. No.
—Pero ¿cómo que no calne?
—No calne.
Al rato sin embargo se sentó a nuestra mesa.
—Mira, y ahora se sienta —le dije a la María—. Vendrá a disculparse, claro.
Pero no. Nada de eso. Nos ofreció sus Tours.
¿Tours? ¿Qué demonios es eso? —le dije yo.
—Excursiones —contestó ella.
—Yo no quiero hacer excursiones.
—Pero es a Sapa.
—¿Sapa? ¿Y qué es Sapa?
—Sitio bonito. Muy hermoso. Arroz. Arrozales. Pueblos, locales. Cat cat.
Dudé.
—Mire, el hotel no es lo que… Y bueno, la comida tampoco es lo que…, porque es que hay ciertas cosas que uno no puede… Y usted… porque es que hay ciertas cosas que uno no puede… y usted…
Me interrumpió:
—Sapa muy hermoso. Arroz. Arrozales. Guía privado. Tren de noche. Esencial.
—¿Esencial?
—Sí, esencial.
—Ya, pero es que…
Me miró enormemente seria:
—Muy esencial —zanjó.

En fin, que cedí. Y es que yo siempre estoy abierto a propuestas novedosas y sobre todo dispuesto a dar terceras oportunidades a la gente, así que al final caí. No obstante, para evitar sorpresas como las precedentes, intenté atar los pormenores de ese nuevo lance:

—Pero a ver: ¿es al aire libre? —pregunté.
—Sí.
—Y no lloverá, ¿no?
—Oh, no. He visto el tiempo. Un sol como un limón.

Pues bien, ya estamos en Sapa y llueve. Llueve como nunca he visto llover. A mí me parece indignante. ¡Indignante! Dicho esto, prefiero no alterarme. Supongo que Vietnam es así y he de acostumbrarme. Por lo menos intentarlo. De momento, fuera el agua atiza los cráneos de la gente así que la María y yo permaneceremos en el hotel. Eso sí, en cuanto cese saldremos. Vaya si saldremos. 




 

Texto y fotografías: Alex B. Quintana

Actualmente tiene: 5 comentarios:

  1. Qué buena esta crónica. De los viajes siempre se sacan momentos fascinantes...

    Maravillosas también las fotografías y el sentido del humor.

    ¡Espero la siguiente entrega!

  2. Sí, está buenísima.

    Alex sabe encajar de maravilla los diálogos con el sentido del humor y sin pasarse; el relato no se vuelve pesado, todo lo contrario. Excelente crónica, inicio de un viaje delicioso.

  3. Hola Natalia, ¡muchas gracias!

  4. Pepsi, ¡gracias como siempre! ¡Un beso!

  5. Gracias por compartírnosla.

    Saludos


Leave a Reply